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9.1.14

Los gestos olvidados

8 de enero de 2013


Esta noche me he encontrado con el pasado, con aquellas otras noches de la infancia, de cielos despejados, de olor a tierra y chimeneas, de asados en el patio y canto de grillos. He hecho algo insignificante, una cosa que muchos durante mucho tiempo consideramos incluso desagradable, y que posiblemente siempre hemos intentado que nuestros padres o hermanos hicieran... con tal de evitar que nos tocara a nosotros salir a tirar la basura.

Sin embargo, esta vez, lejos de ser algo asqueroso, una tarea no deseada, he descubierto cuánto, de alguna manera, echaba de menos ese momento. Porque después de todo coger aquella bolsa pesada, mojada, maloliente y a veces rota para llevarla al contenedor más próximo o, antes aún, dejarla frente a la puerta de casa, significaba además tener que salir al final del día, solo, muchas veces en silencio, a una calle a las afueras de un pueblo donde al final de la misma comenzaba el campo y la noche y el cielo estrellado desde lo más bajo del horizonte, donde el viento arrastraba la tierra y acercaba el olor del trigo creciendo o secándose al otro lado de la luz de una farola parpadeante, obligándote sin saberlo a pensar en ti mismo, a recordar lo vivido, a desear lo que quieres ser. Recuerdo que hace años suspiraba profundamente al levantar la cabeza y contemplar asombrado las estrellas. Lo hacía varias veces a lo largo de la semana, también cuando me tocaba salir a tirar la basura. Ahora apenas se hace de noche lo único de lo que tengo ganas es de llegar a casa y hacer mis cosas, así que dejo la basura ahí y la saco, si no lo hace alguien antes que yo, al día siguiente cuando tengo que salir a hacer algo, añadiendo así otro gesto a la lista de aquellos olvidados de los que habla Julio Cortázar:

Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice “la cómoda de alcanfor”, ya nadie habla de “las trebes” —las trébedes—. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos.

Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas y escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.


Rayuela, capítulo 105

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