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  • El final de la canción
  • Make it work
  • Tenemos derecho a jugar
  • Techos
  • Te echo de menos
  • Le phare du Four
  • Hug
  • Es necesario
  • La rugosidad de las piedras
  • Un paciente en disminución
  • Viaje de ida (IV) - Caja de folios con recuerdos
  • Viaje de ida (III) - El canto de los vencejos
  • Viaje de ida (II) - El cajón de los incendios
  • Viaje de ida (I) - La habitación de las cosas
  • Siete minutos de silencio llenos de vida
  • Como los demás creen que uno es
  • Saber leer
  • Señor Lápiz
  • ¿Para qué quiero este dedo?
  • Milo tiene ganas de volar
  • Children of God
  • Milo tiene ganas de pasear
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  • Las hermanas Bunner, Edith Wharton
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  • Volver
  • Echar a volar

25.6.12

Un paciente en disminución

25 de junio de 2012

Esto de los recortes está pasando. Si no lo ha dicho ya La Razón, lo hará en los próximos años. Y si no al tiempo... El problema es que lo están haciendo formalmente, poco a poco y con nuestro consentimiento, y así no hay manera de darse cuenta ni, mucho menos, de estar en desacuerdo. En breve podríamos recibir una circular en nuestra casa, convenientemente sellada, adecuadamente dirigida al estimado cliente y firmada por el propietario electo, solicitándonos ayuda para el traslado paulatino (ladrillo a ladrillo, pupitre a pupitre, desfibrilador a desfibrilador) de los edificios públicos a descampados vallados y tecnovigilados, y llamaríamos felices a nuestros padres o hijos, a los amigos que se preocupan por nosotros, para darles la buena noticia, como si de verdad tuviéramos trabajo, como si nuestros políticos realmente se preocuparan de nosotros.



El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.

El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando con grave modo” la cabeza resolvió:


-Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano.

Macedonio Fernández, Un paciente en disminución

24.6.12

Viaje de ida (IV) - Caja de folios con recuerdos

24 de junio de 2012


Tiempo: 4 minutos por caja

Dificultad: Alta

Ingredientes para 1 persona:

-Varias cajas de folios (mejor vacías)
-157 libros
-6 packs de dvds
-3 incensiarios
-4,5 kg. de objetos decorativos
-Varias botellas (de las de vino) vacías
-1 botella de cerveza con lápices pequeños casi gastados
-1 botella de agua con piedras de Quintos de Mora
-1 frasco con piñones
-150 g. de animales de papel
-Papel (reciclado)
-1 periódico
-1 rotulador
-Cinta adhesiva (mejor precinto)
-Tijeras

Antes de empezar a guardar los recuerdos, se tendrán previamente separados según su forma y tamaño, y colocados en algún lugar que nos permita acceder a ellos con facilidad.


En una mesa se pondrá una caja de folios, si es posible vacía y, por supuesto, abierta. (Para saber cómo vaciar correctamente la caja ver receta del 28 de junio de 2004.) Es recomendable comenzar con los objetos más uniformes, es decir, con los libros. Una vez ordenados por altura en la estantería, se elegirán los más voluminosos, se limpiarán cuidadosa pero enérgicamente con un paño seco y se colocarán en el fondo de la caja, procurando siempre pegarlos bien a la pared interior izquierda y a la más cercana a nosotros. En cuanto se alcance el borde superior de la caja, con cuidado de que no rebose, se procederá a rellenar los huecos libres con libros menos gruegos que convendrá colocar en vertical, hasta cubrir la pared interior derecha y la más alejada a nuestro cuerpo.


Cuando la caja esté completa, se cogerá la tapa y se cubrirá haciéndola encajar. Es conveniente introducir antes, entre los objetos y la tapa, un trozo de papel en el que figuren todos los objetos que contiene, así como hacer una copia de este para pegarlo en la parte externa de la caja. Después, se sellará con la ayuda de la cinta adhesiva o precinto, que cortaremos cuando se considere oportuno con ayuda de unas tijeras.


Este proceso, que se repetirá las veces que sea necesario, servirá también para guardar otros objetos menos uniformes, si bien habrá que tener en cuenta este detalle y tratar de elegir los recuerdos con formas similares y dando prioridad a los más grandes a la hora de meterlos en la caja. Los objetos frágiles o con posibilidades de sufrir en el traslado, se envolverán con papel de periódico.


Cuando todos los recuerdos se encuentren en sus correspondientes cajas, se llevarán a un lugar seguro, limpio, fresco y seco, donde se protegerán de la luz solar y de olores agresivos y donde reposarán en la soledad de la oscuridad el tiempo que sea necesario.



Björk - Hyperballad
It's become a habit, a way to start the day

18.6.12

Viaje de ida (III) - El canto de los vencejos

18 de junio de 2012

Tiene la suerte de vivir en un cuarto piso sin ascensor, en un edificio antiguo con una fachada sucia, en un barrio insignificante de una calle apenas conocida. Vive en un piso donde el baño colecciona humedades ante la inquietante mirada de una grifería antigua, hortera y oxidada con forma de gárgola, donde la cocina se llena de hormigas los primeros días de mayo y las palomas obligan a mantener cerradas las ventanas del lavadero para evitar así que entre el hedor de sus heces amontonadas. Vive, afortunadamente, en un piso muy caluroso en verano y sin aire acondicionado, en el que los inviernos se sufren con una calefacción escasa y en el que el telefonillo no funciona. Gracias a estas y a otras tantas ventajas similares, su habitación cuesta lo que cuesta, él puede vivir en ella y, cuando se acerca el verano, disfruta del espectáculo que ofrecen diariamente palomas, aviones y vencejos.



Suele sentarse en el balcón a las nueve de la noche. El sol ya se encuentra al otro lado del edificio de enfrente y empieza a teñir de amarillo las nubes que habitualmente se forman en torno al lugar por el que se esconde. Aviones y vencejos inundan el cielo y sus cantos se alzan por encima de motores, voces, televisores, balones, persianas y móviles. Desde su tumbona ve solo lo que quiere ver. Hace un par de años cubrió la barandilla con césped artificial de color verde, evitando así ser visto desde los edificios de enfrente y dejando a la vista solo lo realmente interesante para él: el cielo. Mire donde mire todo está salpicado de pequeños y ágiles puntos negros que se mueven sin cesar, esquivándose los unos a los otros en un baile improvisado.


Odiada por la mayoría, la paloma es silenciosa a las nueve y diez de la noche y apenas parece representar una pequeña parte de las aves que pueblan el cielo. Sus vuelos tienden a ser cortos, de un edificio a otro, de una altura a otra, casi como si saltaran en lugar de volar. Pero de vez en cuando puede ver alguna planeando desde lejos, con las alas extendidas, cruzando veloz y silenciosamente de un lado a otro, con majestuosidad, enorme, dejando pasar la luz del sol entre sus plumas, hasta acercarse a algún tejado, empezar a batir sus alas por debajo del cuerpo para frenarse y, finalmente, posarse.


El avión común es el que más canta, aunque no por ello el que más se oye. Pequeño y con el pecho blanco, suele volar solo y en círculos, piando aquí y allá mientras roza balcones y tejados. En la parte más alta de la fachada sucia de su edificio, sobre una de sus ventanas, orientados al norte construyeron hace años un par de nidos de barro que reconstruyen cada temporada. Ahí es donde vive su pequeño avión, el que vuela sin descanso desde hace veinte minutos, piando y asomándose por encima de la barandilla para alejarse inmediatamente después hacia el edificio de enfrente. Su pequeño avión traza un círculo imperfecto que va desde un extremo de su piso a otro, cruzando por delante de su habitación, del salón y del balcón, hasta llegar a la habitación de uno de sus compañeros. De vez en cuando se acerca al nido, intenta entrar o quizá se asoma y se deja caer para seguir volando. Hasta que finalmente, imagina que exhausto, su pequeño avión coge impulso, recoge sus alas y acierta a entrar por el estrechísimo agujero del nido en el que va a pasar la noche.


Los vencejos, en cambio, no descansan. Las nubes se tiñen ya de rojo y el vencejo común continúa volando. Dicen que no se posa para dormir, que aprovecha las corrientes de aire para dormir volando. Él disfruta observándolos, siguiéndolos como puede con la mirada, escuchándolos. Son sin duda los más numerosos, los más silenciosos cuando vuelan solos y los más escandalosos cuando van en grupo. Con su peculiar forma de arco y flecha, negros carbón, recorren el cielo sin prestar atención a trayectorias. Cuando van solos son como sombras que le obligan a levantar la mirada cuando ya se alejan; cuando van en grupo, en cambio, los oye acercarse desde lejos y los espera. Dos, tres, cinco u ocho vencejos juntos tienden a volar en círculos, como persiguiéndose unos a otros, rápida, sincronizadamente, hasta que la trayectoria del vuelo cambia un poco, se encuentran con un obstáculo y el grupo se ve obligado a disolverse. Es en ese momento, a lo largo de esa carrera, cuando cantan. Una acumulación de íes, íes largas y metálicas, agudas, que suenan y desaparecen y vuelven a sonar y a desaparecer. Un canto breve pero intenso, un saludo jovial, un aviso contundente, un mensaje indescrifrable, un momento insustituible que no puedes llevar en ninguna maleta.



Wim Mertens - Often a bird

16.6.12

Viaje de ida (II) - El cajón de los incendios

16 de junio de 2012


Hace unas semanas encontré el proyecto The burning house, La casa en llamas. Se trata de una web en la que se publican fotos que muestran las cosas que la gente se llevaría de casa en caso de incendio. La idea es que tienes poco tiempo para salir y no puedes cargar con muchas. Tienes que elegir. ¿Qué te llevarías? Supone un ejercicio de depuración material en el que todas las cosas que queremos conservar a toda costa caben en una fotografía tomada a no más de un metro de distancia. Hablamos sobre todo de lo material pero también de aquellos seres vivos que dependen de nosotros. Hay de todo: pasaportes, fotos antiguas, llaves y llaveros, portátiles, discos duros, libros, cds, instrumentos musicales, animales, plantas... Los chicos de Microsiervos lo presentaban como "el conflicto entre lo práctico, lo valioso y lo sentimental".


El proyecto me hizo recordar que un amigo tiene en su casa lo que él llama "el cajón de los incendios". Ante cualquier desastre, tiras de él y sales corriendo. No sé qué se guarda en un cajón de los incendios. No se suele tener en un cajón las llaves, el portatil, los discos duros, los libros o los gatos, por ejemplo. Supongo que se guardan papeles: los del banco, los de la casa, los del coche... Es decir, además de lo muy voluminoso, de aquello a lo que se le da mucho uso y de, obviamente, aquello que se mueve, lo sentimental, exceptuando las fotos, no parece caber en el cajón de los incendios.


De todas formas, mi casa no se está quemando y yo no tengo un cajón de los incendios. Así que tengo tiempo de hacer una selección o, al menos, de separar como si de una planta de reciclaje se tratara. Por un lado lo práctico. ¿Qué es lo práctico? De pronto se me ocurre que es aquello que usamos, lo que tendríamos que comprar si no lo tuvieramos ya. Por otro, lo valioso. Parece ser la categoría más difusa. No todo lo valioso es práctico o sentimental. ¿Cuántas cosas compramos y no usamos, aunque nos hayamos dejado mucho dinero en ellas, tanto que, de hecho, no las volveríamos a comprar? Y, por último, lo sentimental, que no es otra cosa que lo que nos "une" a un momento, a una o a varias personas, a un lugar. Puede ser una lámpara hecha con el muelle de un sofá, un bastón anónimo tallado a mano recuperado de una pila de bastones en Santiago de Compostela, un libro, una camiseta, una pequeña rana que estudia en Salamanca, un puñado de piñones o una grulla de papel color naranja. No sé, es posible que incluso los parámetros sean otros y no importe lo práctico, valioso o sentimental que pueda haber en un objeto. Quizá lo importante sea saber distinguir si un objeto es para nosotros imprescindible o insustituible.




The irrepressibles - In this shirt
But in this shirt I can be you, to be near you for a while.

15.6.12

Viaje de ida (I) - La habitación de las cosas

15 de junio de 2012


Se acerca el momento y hay que tenerlo todo preparado. La habitación no es grande pero en ella caben muchas cosas. Hay un armario con dos cajones, una estantería junto a la puerta, una estantería junto al radiador, una estantería junto a la mesita, la mesita, una mesa grande, un escritorio, un zapatero y una cama. Dicho así no parece mucho pero todas y cada una de estas cosas contienen cosas que, en ocasiones, contienen otras cosas que contienen cosas. La habitación está, como si se tratara de un parque de atracciones, dividida en nueve zonas más o menos bien delimitadas. La zona de trabajo, la zona de descanso, la zona donde voy dejando todos los trastos, la zona de los libros de lectura que no leo, la de los libros y apuntes que uso, la zona de la ropa, la de (principalmente) los zapatos, la de las cosas pequeñas y la de "otras cosas". Es el momento de sentarse donde estoy ahora a mirar y a pensar que todo lo que tengo lo tengo que revisar para decidir qué guardo y de qué cosas me deshago. No me puedo llevar todo porque llevarse todo sería casi como no irse.



Death cab for cutie - A lack of color
This is fact not fiction for the first time in years.
 
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