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  • ¿Para qué quiero este dedo?
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20.5.12

Siete minutos de silencio llenos de vida

20 de mayo de 2012


Quien nos habla, me da la impresión, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: en portada, grandes titulares. Los trenes sólo empiezan a existir cuando descarrilan y cuantos más muertos hay, más existen; los aviones solamente acceden a la existencia cuando los secuestran; el único destino de los coches es chocar contra los árboles: cincuenta y dos fines de semana al año, cincuenta y dos balances: ¡tantos muertos y tanto mejor para las noticias si las cifras no cesan de aumentar! Es necesario que tras cada acontecimiento haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida no debiera revelarse nada más que a través de lo espectacular, como si lo elocuente, lo significativo fuese siempre anormal: cataclismos naturales o calamidades históricas, conflictos sociales, escándalos políticos...

En nuestra precipitación por medir lo histórico, lo significativo, lo revelador, no dejemos de lado lo esencial: lo verdaderamente intolerable, lo verdaderamente inadmisible; lo escandaloso no es el grisú, es el trabajo en las minas. La "desigualdad social" no es "preocupante" en época de huelga: es intolerable las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año.

Los maremotos, las erupciones volcánicas, las torres que se derrumban, los incencios en bosques, los túneles que se hunden, ¡El edificio Publicis que arde y Aranda que habla! ¡Horrible! ¡Terrible! ¡Monstruoso! ¡Escandaloso! ¿pero dónde está el escándalo, el verdadero escándalo? Acaso el periódico nos ha dicho algo diferente de: tranquilícense, ya ven que la vida existe, con sus altibajos, ya ven que pasan cosas.

La prensa diaria habla de todo menos del día a día. La prensa me aburre, no me enseña nada; lo que cuenta no me concierne, no me interroga y ya no responde a las preguntas que formulo o que querría formular.



Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?


Interrogar a lo habitual. Pero si es justamente a lo que estamos habituados. No lo interrogamos, no nos interroga, no plantea problemas, lo vivimos sin pensar en él, como si no vehiculase ni preguntas ni respuestas, como si no fuese portador de información. Esto no es ni siquiera condicionamiento: es anestesia. Dormimos nuestra vida en un letargo sin sueños. Pero nuestra vida, ¿dónde está? ¿Dónde está nuestro cuerpo? ¿Dónde nuestro espacio?

Cómo hablar de esas “cosas comunes”, más bien cómo acorralarlas, cómo hacerlas salir, arrancarlas del caparazón al que permanecen pegadas, cómo darles un sentido, un idioma: que hablen por fin de lo que existe, de lo que somos.

Quizá se trate finalmente de fundar nuestra propia antropología: la que hablará de nosotros, la que buscará en nosotros lo que durante tanto tiempo hemos copiado de los demás. Ya no lo exótico sino lo endótico.

Interrogar a lo que parece ir tan por su cuenta que nos hemos olvidado de su origen. Recuperar algo del asombro que experimentaron Julio Verne o sus lectores frente a un aparato capaz de reproducir y transportar el sonido. Porque existió ese asombro, y otros miles, y fueron ellos los que nos modelaron.

De lo que se trata es de interrogar al ladrillo, al cemento, al vidrio, a nuestros modales en la mesa, a nuestros utensilios, a nuestras herramientas, a nuestras agendas, a nuestros ritmos. Interrogar a lo que parecería habernos dejado de sorprender para siempre. Vivimos, por supuesto, respiramos, por supuesto, caminamos, abrimos puertas, bajamos escaleras, nos sentamos a la mesa para comer, nos acostamos en una cama para dormir. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Describan su calle. Describan otra.

Comparen.

Hagan el inventario de sus bolsillos, de su bolso. Interróguense acerca de la procedencia, el uso y el devenir de cada uno de los objetos que van sacando.

Pregúntenle a sus cucharillas.

¿Qué hay bajo su papel de la pared?

¿Cuántos gestos hacen falta para marcar un número de teléfono? ¿Por qué?

¿Por qué no se encuentran cigarrillos en las tiendas de alimentación? ¿Por qué no?

Me importa poco que estas preguntas sean, aquí, fragmentarias, apenas indicativas de un método, como mucho de un proyecto. Me importa mucho que parezcan triviales e insignificantes: es precisamente lo que las hace tan esenciales o más que muchas otras a través de las cuales tratamos en vano de captar nuestra verdad.


"¿Acercamientos a qué?"
Georges Perec, Lo infraordinario
.

18.5.12

Como los demás creen que uno es

18 de mayo de 2012

El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad disponible. Nunca sucumbí a ésa ni a ninguna de sus muchas tentaciones obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También la moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo verás. Era algo menor que yo, y no sabía de ella desde hacía tantos años que bien podía haber muerto. Pero al primer timbrazo reconocí la voz en el teléfono, y le disparé sin preámbulos:

-Hoy sí.


Inicio de la novela Memoria de mis putas tristes,
de Gabriel García Márquez.


Tenía en la estantería la última novela de García Márquez desde el 17 de noviembre de 2010. Si me acerqué a ella fue principalmente por lo poquito que ocupa entre los demás libros. Necesitaba leer algo breve. Acababa de terminar La tía Julia y el escribidor, que me ha llevado varios meses, no porque no me gustara sino porque necesitaba recuperar cierto ritmo de lectura perdido hace demasiado tiempo, y ahora reclamaba algo que pudiera leer en unas horas, para no sucumbir a la sensación de que no termino las cosas o de que me cuesta demasiado trabajo hacerlo (porque no importa que así sea: ahora no necesito oírlo). Así que abrí la novela hace tres noches porque no podía dormir y la devoré. Hay partes de la novela que me parecen maravillosas y otras demasiado confusas pero en general me ha parecido una buena novela, muy dura y muy tierna a la vez, pero muy dura.


El miércoles por la tarde utilicé en clase de 4º una de las oraciones que aparecen en la novela, que el protagonista dice leer en Los idus de marzo, donde el autor se la atribuye a Julio César: Es imposible no terminar siendo como los otros creen que uno es. Se trata de una oración copulativa cuyo sujeto, no terminar siendo como los otros creen que uno es, es una oración subordinada sustantiva de infinitivo con algún que otro enredo más dentro de ésta. Les pedí que la analizaran y que, a continuación, escribieran un pequeño comentario sobre lo que decía la oración: si la entendían, si estaban de acuerdo, si podían poner un ejemplo a favor o en contra de lo que decía... Buscaba varias cosas. Por un lado, que trabajaran la sintaxis, claro. Por otro, que escribieran algo con el objetivo de ver cómo se expresan por escrito, qué faltas cometen, si son capaces de organizar ideas con un tema tan subjetivo y libre como el que les proponía, etc. Fue un desastre. Al análisis correcto sólo se acercó una chica, que no terminó de hacerlo. Y los comentarios fueron ridículos en su extensión y organización pero con claras diferencias en su interpretación (disfrutad, entre otras cosas, del Festival de la ausencia de tildes):


-La frase no me parece verdad porque no porque alguien crea que otro es antipatico por ejemplo ese otro lo termina siendo.

-Quiere decir uno sera como la gente dice que eres, ejemplo: si las personas dicen que te portas mal etc... al final acabaras portandote mal.

-No entiendo nada, la frase en verdad si tiene sentido ya que cada uno de nosotros tiene que tener personalida y no tiene que dejar giarse por los demas sino por nosotros mismos.

-No es verdad porque hay gente que piensa que eres de una manera y no tienes porque terminar siendo asi.

-No es verdad porque no eres como los demas pienan, creo que por lo que los otros piensen de ti una cosa tu vas a seguir siendo igual.


Como se puede comprobar, la mayoría no estaba de acuerdo con la oración. Finalmente me pidieron "la solución" y lo que hice fue contarles dónde la había leído. Les expliqué que en la novela el protagonista es un hombre que, hasta el día de sus noventa años, no se había sentido viejo jamás y que tal vez terminamos siéndolo, acabamos siendo viejos, no porque cumplimos años, sino porque todo el mundo a nuestro alrededor nos dice que lo somos. Les propuse que pensaran en las consecuencias de decirle a un niño que nunca será capaz de. O de dejar llevarnos por la ideas preconcebidas, fáciles y simplonas que algunas personas puedan tener de nosotros, basadas o no, más o menos, en hechos reales: tú no eres de esos, seguro que tú no, al final no harás nada. ¿Es imposible no terminar siendo como los demás creen que uno es?


Desde entonces empecé a medir la vida no por años sino por décadas. La de los cincuenta había sido decisiva porque tomé conciencia de que casi todo el mundo era menor que yo. La de los sesenta fue la más intensa por la sospecha de que ya no me quedaba tiempo para equivocarme. La de los setenta fue temible por una cierta posibilidad de que fuera la última. No obstante, cuando desperté vivo la primera mañana de mis noventa años [...], se me atravesó la idea complaciente de que la vida no fuera algo que transcurre como el río revuelto de Heráclito, sino una ocasión única de voltearse en la parrilla y seguir asándose del otro costado por noventa años más.


Memoria de mis putas tristes,
de Gabriel García Márquez.



Sébastien Tellier - La Ritournelle
I got that beat in my veins for only rule.

Imagen: End of the day (Flickr)

17.5.12

Saber leer

17 de mayo de 2012


Durante la segunda hora hacen la tarea (eso que antiguamente se llamaba "deberes") y el ambiente en clase es más relajado. La alumna boliviana adopta la posición del loto para leer, la dominicana sube las piernas en alto y escribe desganada en su cuaderno, la marroquí se levanta y se pasea por el aula tratando de memorizar un tema, y otra más, en este caso española, lee expresiones inglesas en voz alta al único alumno de la clase, también español, para ver si éste sabe traducirlas. Y yo les permito hasta comer algo y, por supuesto, beber agua porque estamos en mayo, son las cinco de la tarde y el calor ya es asfixiante, porque se han pasado la mañana en sus respectivos institutos y llevan en Refuerzo desde las cuatro, y porque es 4º de ESO y, después de tres años evitándolo, empiezan por fin a tener conciencia de que tienen ciertas responsabilidades educativas.


By the way, dice la española. By, hace una pausa; the, hace otra; way, termina. Y el chico la mira con cara de no saber qué significa. Por cierto, digo yo desde mi mesa. Y la chica lo celebra efusivamente, como sorprendida de que el profesor de Lengua sepa algo de inglés.


-¿Sabes inglés?, me pregunta.
-Bueno, algo.
-¿Pero tienes el B1?.
-No, le digo yo, no tengo ningún título.
-Buah, entonces no sabes inglés.

En ese momento, mientras intento explicarle que hay mucha gente que habla un idioma sin necesidad de que un título lo acredite, la dominicana, sin levantar la cabeza, con los pies en alto y escribiendo con desgana, me interrumpe y sentencia: Para saber leer no hace falta ningún título y se supone que sabemos hacerlo.




The Killers - Read my mind
Before you jump tell me what you find when you read my mind.

Imagen: Greek to me (Flickr)

13.5.12

Señor Lápiz

13 de mayo de 2012


-Señor Lápiz, tiene usted mala punta. ¿Qué le pasa?

-¿Que qué me pasa? Qué me va a pasar, hijo mío; que me están minando por dentro.




Explosions in the sky - The birth and death of the day
-

Imagen: Drawing hands, M.C. Escher

9.5.12

¿Para qué quiero este dedo?

9 de mayo de 2012


La pregunta me la acabo de hacer, al descubrir que no lo uso. Hace una semana un golpe tonto contra una puerta me provocó una fisura en el anular de la mano izquierda. El médico me dijo que lo tendría como nuevo en diez días, es decir, mañana, y le pidió a la enfermera que me lo vendara. En realidad ella lo que hizo fue unir mi anular y mi corazón con una gasa y mucho esparadrapo, y así lo he tenido hasta hoy. El dedo, desnudo por fin, se encuentra algo amoratado y me sigue doliendo como el segundo día. Sólo cuando abro la mano como si cogiera una jarra de cerveza tengo la sensación de que funciona correctamente. De cualquier otra forma, me duele.


De repente, con la fisura, el dedo se me ha vuelto muy sensible y el mínimo roce de la yema con cualquier objeto, o de cualquier objeto con la yema, basta para que, sin remedio, el resto del cuerpo reaccione y mi rostro se vuelva por un instante irreconocible. Se trata de un dolor que curiosamente no empieza en la yema sino más bien entre la segunda y tercera falange, y que sube como un rayo hasta perderse a la altura del hombro. Yo trato de aguantar estoicamente. Es solo un dedo, me digo.


Al principio, el dolor me ha hecho pensar que el anular es un dedo imprescindible para llevar a cabo numerosas tareas pero luego me he dado cuenta de que en realidad no lo uso para nada. Ha sido escribiendo en el ordenador. Teclear con el anular izquierdo (da igual si es la w, la s, la x o el 2) es realmente doloroso. Sin embargo, la escritura es igual de fluida que antes del accidente. Vamos, que no lo uso. El trabajo se lo reparten inconscientemente el corazón y el meñique. El anular ya no me sirve para nada.


Así que me estaba planteando prescindir del dedo y me ha parecido oportuno compartirlo con alguien. Mantenerlo por mantenerlo parece un poco absurdo, me he dicho, y estoy buscando a mi alrededor motivos por los que dejarlo en su lugar y preguntándome qué otras cosas tengo y no me sirven para nada.




Band of horses - The funeral
At every occasion, I'll be ready for the funeral.

Entrada publicada originalmente el 15 de abril de 2009.

Imagen: Minimalism outside (Flickr)

4.5.12

Milo tiene ganas de volar

4 de mayo de 2012


Milo tiene ganas de volar. Lleva en casa dos semanas y lo que más le gusta, de momento, es estar en la terraza. Sentado, suele mirar durante horas a la gente pasar, abajo a lo lejos, u observar el vuelo impredecible de los pájaros. Hay días que mira mucho más allá, al horizonte, diría que detrás de los edificios que rodean el nuestro. Suelen ser días nublados, como si a él también le invadiera cierta sensación de soledad o ganas de cambiar o de salir corriendo. A veces tengo miedo de que cometa una locura. Es joven y no tiene por qué saber que un paso en falso a esta altura puede ser mortal; tampoco sé, por otra parte, cómo esto puede aprenderlo con la edad. Me consuela comprobar que ya no cabe con facilidad entre los barrotes pero me inquieta verle mirar tan a menudo el barandal. A veces pienso que no se siente cómodo aquí conmigo pero se me pasa en cuanto veo cómo al verme rompe en muestras de alegría. Me gustaría darle una sorpresa algún día, llevármelo lejos y lanzarnos juntos, yo qué sé, en paracaídas, por ejemplo; yo para perder el miedo y él, quizás, para aprenderlo.




The National - England
Afraid of the house 'cause they're desperate to entertain.

Entrada publicada originalmente el 08 de octubre de 2009 en Con el mundo a tus pies

Imagen: Journeybird (Flickr)
 
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