• Los gestos olvidados
  • El final de la canción
  • Make it work
  • Tenemos derecho a jugar
  • Techos
  • Te echo de menos
  • Le phare du Four
  • Hug
  • Es necesario
  • La rugosidad de las piedras
  • Un paciente en disminución
  • Viaje de ida (IV) - Caja de folios con recuerdos
  • Viaje de ida (III) - El canto de los vencejos
  • Viaje de ida (II) - El cajón de los incendios
  • Viaje de ida (I) - La habitación de las cosas
  • Siete minutos de silencio llenos de vida
  • Como los demás creen que uno es
  • Saber leer
  • Señor Lápiz
  • ¿Para qué quiero este dedo?
  • Milo tiene ganas de volar
  • Children of God
  • Milo tiene ganas de pasear
  • Diente de león
  • Las hermanas Bunner, Edith Wharton
  • Beautiful thing
  • Volver
  • Echar a volar

9.1.14

Los gestos olvidados

8 de enero de 2013


Esta noche me he encontrado con el pasado, con aquellas otras noches de la infancia, de cielos despejados, de olor a tierra y chimeneas, de asados en el patio y canto de grillos. He hecho algo insignificante, una cosa que muchos durante mucho tiempo consideramos incluso desagradable, y que posiblemente siempre hemos intentado que nuestros padres o hermanos hicieran... con tal de evitar que nos tocara a nosotros salir a tirar la basura.

Sin embargo, esta vez, lejos de ser algo asqueroso, una tarea no deseada, he descubierto cuánto, de alguna manera, echaba de menos ese momento. Porque después de todo coger aquella bolsa pesada, mojada, maloliente y a veces rota para llevarla al contenedor más próximo o, antes aún, dejarla frente a la puerta de casa, significaba además tener que salir al final del día, solo, muchas veces en silencio, a una calle a las afueras de un pueblo donde al final de la misma comenzaba el campo y la noche y el cielo estrellado desde lo más bajo del horizonte, donde el viento arrastraba la tierra y acercaba el olor del trigo creciendo o secándose al otro lado de la luz de una farola parpadeante, obligándote sin saberlo a pensar en ti mismo, a recordar lo vivido, a desear lo que quieres ser. Recuerdo que hace años suspiraba profundamente al levantar la cabeza y contemplar asombrado las estrellas. Lo hacía varias veces a lo largo de la semana, también cuando me tocaba salir a tirar la basura. Ahora apenas se hace de noche lo único de lo que tengo ganas es de llegar a casa y hacer mis cosas, así que dejo la basura ahí y la saco, si no lo hace alguien antes que yo, al día siguiente cuando tengo que salir a hacer algo, añadiendo así otro gesto a la lista de aquellos olvidados de los que habla Julio Cortázar:

Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice “la cómoda de alcanfor”, ya nadie habla de “las trebes” —las trébedes—. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos.

Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas y escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.


Rayuela, capítulo 105

31.12.13

El final de la canción

31 de diciembre de 2013


Halaa minua.
Älä käsilläsi
mutta sielussasi.

Hug me.
Not with your hands
but within your soul.

Siento especial predilección por aquellos años que terminan de una forma muy distinta a como empiezan, aquellos que te sorprenden hacia el final, cuando crees que todo lo que queda por escuchar va a ser igual que el resto y, de repente, algo cambia y no sabes cómo y a veces ni siquiera cuándo pero todo en la canción es diferente. Pienso en Citizen erased, de Muse, y en su manera de desear, al final, borrar todos los recuerdos, en Doves enfrentándose a ritmo de batucada a lo que está por venir al final de There goes the fear, y en la manera en que Colplay introduce el piano para suplicar amor al final de Politik. Uno sabe cómo empieza el año pero nunca cómo acaba.


Pero por encima de todos aquellos años que terminan de una forma muy distinta a como empiezan sin duda me quedo con Eskimo, de Damien Rice. Porque es una canción sencilla, que en ocasiones parece incluso aburrida, y que, sin embargo, de repente rompe con todo y produce un escalofrío en quien lo vive, en quien de verdad la escucha. Sin duda una de esas ocasiones en las que vale la pena dejarse llevar con los ojos cerrados hasta el final... de lo que sea.


8.12.13

Make it work

8 de diciembre de 2013


He puesto pilas nuevas al reloj de tu cocina. Me gusta la idea de hacer que las cosas funcionen.


4.12.13

Tenemos derecho a jugar

4 de diciembre de 2013


Tenemos derecho a jugar.
A ganar por insistencia.
A perder por un descuido.

Jugamos a las pertenencias. Al tiempo que nos miramos como desconocidos. Al dolor, a la caricia, el pulso. Jugamos a tenernos lejos. A llamarnos con indiferencia. A empezar a querernos en secreto. Como niños en una noche de verano, jugamos al recuerdo. Y recordamos. Jugamos a la lluvia y el viento. A las bicicletas. A ese juego nuevo al que nunca nadie ha jugado. Jugamos al detalle y la sorpresa. A la indiferencia y el olvido. Jugamos sin reglas ni turnos, sin dados ni fichas ni tablero. Sin cuerdas, sin balones, sin dibujos. Juego yo, juegas tú, juega el otro. Jugamos a inventar juegos, cambiar juegos, destrozar juegos. Jugamos a la soledad y a la promesa. A acariciarnos. Los labios con los dedos y los dedos con los labios. A terminar el día juntos y a empezarlo de nuevo. Jugamos a lo que queremos, a lo que nos han enseñado, a aquello de lo que nos avergonzamos. Jugamos tarde, mal y nunca, y cuando no podemos, incluso entonces también jugamos.


1.11.13

Techos

1 de noviembre de 2013


Ese momento de una noche en el que estás tumbado en un sofá mirando un techo y preguntándote qué podrías hacer para cambiar la situación en la que te encuentras, y te encuentras bien pero quieres estar mejor, lógicamente, sólo que no sabes cómo y tienes una edad en la que, por supuesto, puedes hacer lo que te apetezca pero difícilmente lo que empieces conseguirás llevarlo a un nivel tal que te permita vivir profesionalmente de ello. ¿Casi treinta y cinco años y empezar a estudiar ahora informática, por ejemplo? Por qué no. Ahora bien, ¿vivir de ello? Complicado. Seamos realistas. No porque tengas 35 años sino porque terminarías con 40 y sin experiencia, y en este mundo parece que sólo los menores de tienen posibilidad de empezar a vivir profesionalmente de algo. Y sin embargo mirando ese techo en ese sofá esa noche te das cuenta de que vale la pena intentarlo, de que tienes que hacerlo, no porque 35 o 40 años no sean nada, sino porque tienes la posibilidad de hacerlo.


I can fly...
I can shine even in the darkness...
I can love...
I am strong even on my own...


 
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